De frente miro al sol
sin que me ciegue,
más alto vuelo que ave alguna,
símbolo soy de imperios y reyes
y dos cabezas a veces me dibujan.
¿Quién soy?
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Mientras ella cacarea, él va buscando pelea.
Un espléndido abanico que no produce pavor, sus alas, plumas y pico son reales, sí señor.
Soy un animal pequeño, piensa mi nombre un rato, porque agregando una «n» tendrás mi nombre en el acto.
Volando en el aire, y besando las flores, se pasa su vida, de luz y colores.
María Penacho parió un muchacho, ni vivo ni muerto, ni hembra ni macho.
¿Quién allá en lo alto en las ramas mora y allí esconde, avara, todo lo que roba?
Nunca camina por tierra, ni vuela, ni sabe nadar, pero aún así siempre corre, sube y baja sin parar.
Todo lo lleva delante, los colmillos para la lucha y la trompa para la ducha.
La jaula es su casa, su ropaje amarillo, con su canto alegra a todos los vecinos.
Mi reinado está en el mar, soy de peso regordeta; un día, siglos atrás, me tragué entero a un profeta aunque luego lo expulsé al pensar que estaba a dieta.